Comiendo por la Almería Interior: Restaurante Las Chinas (Abrucena)

Carr. la Roza, 140 (Abrucena, Almería)

Abrucena es un rinconcito a los pies de Sierra Nevada que guarda todo el encanto de la Almería profunda, en el mejor de los sentidos. Es habitual destino de senderistas noveles y avanzados que encuentran allí un lugar perfecto para pasear siguiendo el trecho que marca el río Nacimiento.

Tras una ingente cantidad de recomendaciones que me indicaban visitar el lugar por su atractivo gastronómico, decidimos organizar una jornada de caminata y comilona que, avanzo, sobrepasaría todas las expectativas del que aquí os escribe. En primer lugar porque el paisaje, en una mañana radiante, con un sol de invierno que acompañaba la ruta, deparó sorpresas fotográficas que guardo en mi cámara y en mi retina por siempre. Por otro lado, porque la visita al Restaurante Las Chinas, que tantos gastroamigos me habían indicado, resultó en una experiencia pantagruélica a la par que gratificante.

La exploración del lugar fructificó en un bar que no teníamos en nuestro ‘planning’ y en el que no pudimos resistirnos a parar: El Sillo. Un lugar rústico que resultó en todo un acierto, aunque solo fuera por probar la especialidad de la casa, los ‘lagartos’: pimiento frito relleno de un arenque, todo, dentro de un bollo de pan.

El menú degustación de Las Chinas

El lugar te da la bienvenida en una barra de bar que sirve de recibidor y cuyas paredes están decoradas con vinilos de bandas y artistas de los 60 y los 70. Junto a estas reliquias musicales, una vieja gramola con temas, apuntados a mano, de músicos como Georgie Dann, Los Diablos, Paul McCartney, Rafaella Carrá o la mítica Orquesta Expresiones.

Las Chinas cuenta con un menú degustación por 15 euros (bebida aparte) que se compone de una larga lista de platos a cual más apetitoso. La retahíla hace pensar que todo lo que viene será en pequeñas porciones de apenas unos bocados que servirán para tener una ligera idea general de cómo se cocina en esa casa. Nada más lejos de la realidad: a pesar de que varias de las raciones son para compartir, todas son extremadamente (demasiado, se podría decir) generosas.

El camino comienza a la sombra de un “árbol” de ibéricos del que cuelgan una pieza de tocino, otra de chorizo y, por último, un salchichón. Todo acompañado por pan tostado y un ajoblanco la mar de equilibrado.

Lo siguiente que nos llega es una cazuela al centro que contiene una ‘fritaílla’ con setas. La verdura está repleta de un sabor a tradición que lo impregna todo; y la idea de incorporar el producto de temporada no le puede venir más a juego. Luego, una parada en la ruta para tomar aire con unos pedazos de queso a la plancha que no conquistan, pero avituallan con ligereza.

El sendero comienza a empinarse cuando sirven a cada miembro de la compañía un cuenco de trigo humeante. Tiene todo lo que una persona necesita para ser feliz: horas de puchero, morcilla y el hinojo que, para mi gusto, da la razón de ser a esta receta.

Una vez sobrepasado este tramo, la montaña ya no se apiada de nosotros. Un plato de patatas con pimientos, nos deja estupefactos. Deliciosas papas caseras y un huevo que las corona con esas puntillitas perfectas y la yema a punto de romperse al más mínimo roce se convierten en un paisaje de cuento ante nuestros ojos. La ruta ya no hace más que ir en ascenso tanto en dificultad como en belleza natural. Nos acecha a continuación una carne en ajillo en la que dan ganas de mojar pan hasta llegar a los nudillosa. Jugosa, tierna y con ese toque que solo da la cocina elaborada con mucho amor.

Con el estómago repleto casi hasta la extenuación, el amable servicio nos trae ahora una especialidad que, aunque abultada, resulta en casi un llano que descansa las piernas. La costilla adobada invita a ser mordisqueada y repelada, al más puro estilo tabernario, para no dejar ni una sola hebra de músculo pegada al hueso.

Cuando atisbamos la cumbre en el horizonte, aún nos sorprende una piedra más. El plato principal aún se mantenía pendiente. No sé si es culpa del banquete previo, pero realmente no me satisfizo como esperaba de un lugar que puede contarse como asador. El churrasco sabe bien a brasa pero no llega a embriagarme del todo. Repito, intuyo que tiene que ver con el hastío gastronómico al que ya me había expuesto durante toda la comida, así que tampoco toméis mis palabras, en este caso, como algo indeleble.

La aventura culmina, con la bandera de la conquista tras el último paso de este viaje: una variedad de postres del que destaco, con devota pasión, el tocino de cielo. Un absoluto manjar del que me gustaría tomar una cucharada cada día de mi vida.

La visita a Las Chinas es una imprescindible para los amantes del buen comer que se acerquen por la zona. No solo porque comerán mucho y bien, sino porque todo viene envuelto en un paquete en el que el servicio atento y amable y un ambiente acogedor redondean la experiencia.

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